Hola,

he venido a buscarte.

No te resistas a mi trampa,
sentirás un pequeño cosquilleo

y querrás quedarte dentro,

para ver el mundo desde fuera.


Bernie y yo


El tiempo pasa y hasta sus curvas de metal envejecen, con su brillo caduco y su sonido envolvente. Se pierde en las paredes de papel de un edificio sin horas.

La descomposición comienza en el diafragma de mi cuerpo, continúa a través del esófago, el camino invisible a una velocidad incalculable, hasta su expulsión atómica por la boca. Golpe sonoro de fluidos con la lengua; intercambio amoroso. Esa risa loca, del aire, le regala vida, despierta su voz y termina por pelar, con el tiempo, su intrincada tecnología, como el viento a la roca. Sus intestinos de azófar y los hilos de acero por los que corre su sangre negra no pueden luchar para sacar la nota más aguda, ni para aguantar la más grave. Por fuera casi ni se nota. Sólo el peligroso sudor de mis manos, y no de otras, deja marca y la carcome. Si le quitas la piel se queda como es. De verdad. Es increíble.

Consecuencia: labios rasgados, mala circulación de la sangre en los músculos bucales, callos en los dedos índice y anular de la mano izquierda, y el meñique crónico de la derecha. La boquilla se resquebraja y el latón se clava en la carne.
Desesperación. Impotencia.

Así, hablando por la memoria, parece ayer cuando nos besamos por primera vez. Ya aparenta arrugas veteranas. Da miedo perder la magia de la primera vez. Tal vez, esa magia se encuentra en la ignorancia de que algún día se pierda.

El tiempo pasa y hasta sus curvas de metal envejecen, con su brillo caduco y su sonido envolvente que se pierde en las paredes de papel de un edificio sin horas.

Se llama Bernie. Es china. Es negra. Por dentro y por fuera. Suelo ver mi cara reflejada en su campana.

Pornorradio



Antes de empezar a hablar contigo ya tenía calor. Desde la distancia, me pregunté qué hacía yo ahí de pie, con las cejas inclinadas, el abrigo a punto de caerse y mis manos sujetando una bebida de un desconocido. Ah, y cara de bobalicón. Desde la distancia, aproximadamente unos seis metros y medio, comenzamos a desearnos, de arriba a abajo, sin pelos en los ojos. Esconder el cuerpo, esconderme entre los colores del rubor era lo que me empujaba a mostrarme débil. Presa fácil. Aprovecho mi inseguridad para buscar un pañuelo entre mis trillones de bolsillos y secar mi frente. Ni rastro. Con los nervios se me caen los colores.

Ahora, me descuido. Pestañeo y te veo a diez centímetros de mi nariz. Mientras me hablas de lo buena que es la banda, y de algo más, no puedo evitar tener la mirada vidriosa e imaginarte haciendo travesuras.

Te da por bailar. Me derrites, te deslizas, resbalamos como gotas de sonido en una mesa de mezclas. Te acercas a una distancia de considerable proximidad a lo que es la comisura de mis faders. Me coges de la matriz. Tu mano derecha comienza a cartografiar mis frecuencias. Y la mía por las tuyas, que se mueven solas. Noto tu respiración, intensa y húmeda.
En el tercer riff de trompetas recuerdo mi antiguo propósito de retar mi titubeo ante situaciones de elevada carga libidinosa. Aferro mi mano izquierda a tu ganancia, te dejo apreciar la textura de mi patch pannel contra el borde de tu matriz. Tus filtros chocan contra flexo. Añado una pequeña apertura de faders, liberando el aire caliente que enciende mi cuerpo. Me susurras algo al oído que no entiendo bien, y yo, haciendo como que no ha pasado nada, te contesto:
"me encantaría ecualizarte, de arriba a abajo".

CONTROL: Sube música

Por dónde íbamos. Ah, sí. Intento del comienzo del segundo acto. Muertos de calor, creo, y lloviendo.

CONTROL: Ráfaga

En una pecera, con el creciente riego sanguíneo en zonas erógenas de carácter palpable. De eso sí me acuerdo. Y de los faders. Esos faders húmedos que dejan escapar de vez en cuando un grito ahogado. O un gemido para adentro (es que lo del grito viene luego). Cuando me quiero dar cuenta nuestras manos se han colado dentro.

Ritmo adecuado. 4x2, a cuatro manos. Entramos en canela.

Tus manos se enlazan y las mías se confunden, como tocando un violín. Sin decir nada, ahora sabemos hablar más de una lengua. Seguimos las gotas con los ojos cerrados. Quitamos la envoltura con la yema de los dedos. Al rojo vivo.

- Cuidado que quema

- Lo mismo digo...

Cara A, lametazo viene, lametazo va. Resbalones, jadeos. Lubricante corporal Gran Reserva; 69 usos con sabor a canela, fresa y pistacho. Nos comemos los rulos y nos chupamos enteros. Sucios.

- ¿Y la Cara B?

- Espera

(-Efecto Tape-, sacas la cinta, das media vuelta y la vuelves a introducir)

Ayer, Hoy, Mañana


Se había quedado dormida sobre su chapuza y ya llegaba apretada a su cita de las cuatro y media, que era a las cuatro en punto. Legañosa, con los pantalones estirados y aliento de haber tenido pesadillas, cala sus labios secos con un poco de café de ayer. Caen unas gotas en la camiseta, pero no le importa. Mira por la ventana y apresta. Pañuelos, monedas para el viaje, abrigo. Llaves. Resbalan sus zapatillas y resuena la puerta. Mierda, la carta. “Mañana”, piensa. En la calle mira al cielo. Chorro de lluvia fría en la cara. En marcha.

Mañana irán a cenar. Le gusta estar ocupada. Estar horas de pie, montando suculentos alimentos para agasajar a sus invitados, fotografiar sus creaciones y coleccionarlas en un modesto álbum de recetas. ¡Zas! Un simple vistazo y recuerda todos los ingredientes. Y las opiniones de las bocas hambrientas, por supuesto. Le encanta estar horas de pie, preparando la mesa, bailando la música que pondrá de fondo, cantando ninguna letra en particular. El pensamiento vuela. Entonces llega el día.

Hoy

Juan se hace el tímido. Se sitúa en la esquina izquierda de la mesa, un poco apartado. Iván habla mucho, a veces demasiado. En el centro de la mesa Esther que, llena de jolgorio, deslumbra a todos con su labia pícara e inocente. Iris no habla mucho, pero sus miradas lo dicen todo. Si no picáis, preguntar al muchacho de la esquina contraria a la de Juan. Sus ojillos no se separan ni un instante del rostro de Iris. Desconsolado, Pepe se arremolina en el nido del poco pelo que le queda, con el sentido de la escucha muy evolucionado. La anfitriona es la única realmente apartada de la mesa. Medio mordiéndose la lengua admira la colección de vinilos de la biblioteca, pasando la yema de los dedos suavemente por cada una de las fundas y susurrando los nombres de los artistas. Se decide por uno y lo guarda bajo su brazo desnudo. Con los pies escondidos logra zafarse del murmullo como una felina. El pasillo está oscuro. Palpa relieves, se agacha y encuentra el viejo tocadiscos que buscaba. Sonríe en la oscuridad al escuchar el sonido de la aguja.

"Oh, Marie"(pincha y escucha cómo se sienta en el suelo)

Marie se sienta en el suelo y rodea sus piernas con los brazos. Desde la distancia, y con el corazón inquieto, suspira por Juan el tímido; las cejas torcidas, las pupilas brillantes y la cabeza maquinando películas eróticas nunca hechas. Se le da bien cenarse con los ojos a sus tímidos preferidos, pero nunca se le dio bien acercarse e invitarles a un mosto. Desde el salón nadie la echa de menos, mientras bailan sus cuerpos con canapés en la boca.

(...)

Escucha con ella el tema, hasta que se apague la música.

(...)

¡Pum! Resuena la puerta al cerrarse. Los pasos y las risas se diluyen por las escaleras. Sonido vacío, silencio, desamparo. Al final los huéspedes se libraron de fregar los platos.

Mañana

La mesa no se volverá a llenar de ruidos, de vasos brindando ni de cuerpos en movimiento, ni siquiera de voces dicharacheras ni de silencios cómplices. Supongo que habrá influido la mudanza. Aún le queda por aprender, pero echa de menos. Sin embargo, no sabe qué. Piensa que será aquello que nunca tuvo. Sentir nostalgia por algo que nunca viviste suena un poco estrafalario y rebuscado. No es la única que lo siente. Yo lo sé todo sobre ella. Tres años y medio sin quitar el ojo del objetivo han surgido efecto. Soy la novena persona de la mesa, el que no come. El observador.

El mismo lugar es la misma persona. Marie siempre sintió la necesidad de compartir platos y cubiertos. Cruzarlos y ponerlos parejos en el fregadero. Pinchar vinilos y enamorarse en la distancia. Ahora que se ha ido la echo de menos. Siento nostalgia por algo que nunca tuve.

Un día nos cruzamos en la calle y nos quedamos un rato mirándonos ciegamente.

Esta noche (...)

(...) llegaste y perdí el equilibrio. (pincha para escuchar y sigue leyendo)



Tropecé cuando te escuché andar de puntillas para asustarme, de la misma manera en que lo haces cada vez que entras a asustarme. No me acostumbro. Cuántas veces me habrás avisado con temores que la caja no es un taburete y que mis sentidos no son un adorno. Enseguida te llevo la contraria, que la vista lo dice todo y... Me duele cuando dices que la vista sólo pone los colores. Como si fueran un adorno de cafetería. Esos colores que dan vida a mis fantasías y a las películas de ahora, dicen. Sólo pierdo el equilibrio cuando te reconozco por el sonido de tus pisadas, que haces adrede, y por el olor con que bañas las paredes de este cuartucho, que lo haces sin querer. Mis sentidos nunca fueron un adorno.

Esta noche me prohibiste dormir.

Te veo, sentada frente al viejo proyector. De repente, todo es mágico. ¿Qué pasó con la oscuridad? Te miro, sin decir nada, con la boca entreabierta por el asombro. ¡Ahí está! El color. Qué decepción. Pero ahí estás vos. Te observo, aguantando el pestañeo, con ardor en los ojos. Duele tanta luz, pero me volvería ciego otra vez sólo por verte un segundo más. Pestañas de adorno, párpados de cartón. Pesados, muy pesados. Caen en un prisma hasta perder el último rayo. Escucho el latir del pecho y tu respiración, en fondo negro.
"Quedan demasiadas miradas entre nosotros", dices. En este sueño, demasiadas no son suficientes.

Esta noche te vi sonreír.

"¿Cómo haces para distinguir el negativo original de la copia, la cara A de la B y el desenfoque del cañón?"
"Cada cosa tiene su sabor. El original es dulce, la cara B es agria y el desenfoque es cosa de químicos e intuiciones. Sobre todo, cuando el público abuchea."

Me preguntaste cómo hice para enamorarme de ti sin verte. "No me hacía falta cerrar los ojos para imaginarte, ni para hacer el pino". Me cogiste de la mano en los créditos de Cinema Paradiso. Negativos positivos corta y pega, doy media vuelta a la manivela y... Sesión Continua...

"Esta noche estabas ahí de pie, bebiendo con los sentidos el vigor dulzón que la víspera de luna sirve en la ciudad de los puentes. Todo el mundo duerme a esas horas, mientras persigues huellas en la altura y te dejas llevar por el derretir de la luz en la distancia. ¿Lo sientes?

Esta noche mirabas una lata de película como si fuera una foto y te acordaste de mí. En ese mismo instante llamaba a tu puerta, como salido del aire. Cuatro golpes de bastón. Te movió el miedo, aunque no había ido a asustarte. Las carreras y los sobresaltos de la calle los habíamos encerrado en el Bar de los de Siempre. Allí quedaron encubiertos con la suerte robada de los que desaparecimos. Las paredes del sótano conservadas en recuerdos, las ñoñerías del Desamor y de su perro, los anhelos de Marianito el flaco y las rimas perdidas de quienes sintieron alguna vez encontrar esa energía tan fuerte que..."

La noche se me ha ido de las manos. Llego tarde a mi cita con usted en mi sueño. Te acercas. Puedo sentir el humo del té entre los dedos. Me das un beso en la frente con sabor a despedida, me susurras en el cuello y aprovechas el instante para huir de puntillas. Te pido que no apagues la luz, pero ni la enciendes. Y dices, antes del portazo:

"Buenas noches, Alejandro"
.

Te pillé.

Y menos mal, con lo que me ha costado salir del carrete a la película, de la película al papel y del papel al marco acristalado de la feria, y de allí...

No te imaginas la horrible sensación que vive en ti mientras tu mente funciona y tu cuerpo no responde. Intentaba ladrar, pero sólo se asustaban los pájaros del parque. En la exposición lo pasé fatal; damas y caballeros, aplauden la imagen confinada en el proceso original de revelado sin pensar en el animal, que seguro tiene nombre y es más listo que el hambre, y que sabe dar amor al humano que su camino le haya otorgado, entregándose sin recelo.

Eso les hubiera dicho, en primera persona. Qué vergüenza. Damas y caballeros, gracias, pero... esto... cómo empezar. El fotógrafo no me pidió nada y no hizo gran cosa. Sólo se dedicó a exagerar piruetas consumadas y a deformarse en caras payasescas para llamar mi atención. Me molestó durante un rato para que mirara a los ojos de sus manos, esos tan raros, y me cazó con un estallido de luz. Qué rabia. No podía haber preguntado antes.

(Aplausos)

Damas y caballeros, gracias, pero... esto... cómo escapar.

(Ladrido, ladrido)

Ahora que te he pillado, te sonrío, aunque no lo parezca.

Gracias por el paseo.

(Lametón, lametón).

Te regalo un pedazo de nosotros.




Dos hermanos, allí estábamos, en el Puente a la Ciudadela de Antoine Deville; Saint Jean Pied de Port. Cuna del inenarrable Conde Duque D'Otheguy.

Sólo son unos pocos los que recuerdan aquel hecho. Y aún menos los lugareños que lo han transportado de boca en boca, sin manipular ese trazo de historia, rescatándolo del olvido.

Si preguntan al párroco de la iglesia de Nuestra Señora del Puente, les contarán la verdad ante unas velas y una rubia fresca en la taberna de Jean Jacques, la única del pueblo que se aparta de la invasión de la nueva Europa y el patético circo de turistas en que se ha convertido la plaza fuerte.

Sus ojos alcanzan los horizontes más lejanos sin que infinitos rascacielos les roben pedazos de sol. Acuñados entre caderas de bosques y el abrazo del verde, que se lo come todo. Entre las montañas, cuando la luz asoma, el aire se carga de agua; entra por los poros y dilata los músculos de la nariz y los pulmones. Respira muy hondo. ¿Lo sientes? El viento navega fuerte cuando el valle es una sombra. Hay calor dentro de las casas de piedra. Velas, acento musical y dialecto desconocido. Sentido humano, y la suerte del trobador, que siempre acompaña. Sonido de noches y sueños.

Frontera entre dos mundos; la escuela del odio y el miedo ante la jubilación, que ni se entienden.
Extraño, pero allí, junto a nuestros antepasados, nos sentíamos queridos. El amor es libertad.

En la biblioteca siempre era de noche. Los susurros se extendían por los pasillos y se mezclaban con el revolotear de las páginas. Las escrituras a punto de deshacerse entre los dedos y el polvo.
¡Apuf! -resoplamos-.
Se podía leer...

"[...] El Conde Duque, harto de las malévolas artimañas del Caballero Deville, puso en práctica lo que más tarde recibiría el apócope de técnicas de subterfugio para la supervivencia en la vida moderna, allá por el año 1630 d.C."

Arjú




Ya no se pone el sol. Las criaturas no conocerán la diferencia entre amanecer y atardecer. La diferencia terminal entre la mañana y la noche como lo conocían nuestros ojos. La mágica transformación de la luz y de las cosas. Trastornos, desvaríos, fantasmas y delirios; nos enferman y nos acostumbramos, los cuento con cierta indiferencia, como los recibimos cada día, al despertar junto a cadáveres consumidos en arena y pesadillas. La salvación está bajo tierra. Es cavar y cavar, lo más profundo posible, para que el barro húmedo reavive la circulación de la sangre y empape los poros de minerales, sal y azúcar. Hay quien no lo consigue, mientras se deja las uñas y la boca. En el exterior, las células de la piel no duran más que dos kilómetros de oxígeno respirado y los pulmones se taponan de aire arenoso con un buen suspiro. Nadie se lo cree. Nadie tiene tiempo para creerlo. No recordamos el momento en que perdimos la noción de 'tiempo', lo que significa 'un día' o lo que es 'dormir'. Intentamos no separarnos. Si alguien cae, los demás caemos. Nos contamos con los dedos de una mano.

Una gota de saliva lo es todo. Nos bebemos, y las nubes en el cielo parecen no existir.

Pesadilla de un muerto viviente.

Dar El Beïda



Cuando todo empezó, yo ya había despertado. Sin embargo, eso no significó nada. Ya era tarde. O todavía era pronto para comprender qué estaba pasando. En ocasiones, un torbellino gris, negro a trozos, me enredaba en su babel. Nunca estuve tan perdido como cuando terminó la primera parte de mi viaje.

El equipo estaba formado por trece hombres amables, a pesar de su identidad ajada por los años de trabajo entre humos de metal. Emigramos lejos de nuestra condena de muerte, con la única intención de volver a nacer. Nos dividimos, repartidos a lo largo y ancho del continente. Todos irían desapareciendo, excepto dos mujeres que, sin verlo ni esperarlo, me acompañaron hasta el desenlace.

Partida, viaje y llegada a Dar El Beïda.

Llegada al barco; ferry de unos doscientos años de edad que, entre tantos, pasó muchos de ellos al servicio de una estirpe de navegantes japoneses. Cubierta asolada. Toneladas de humo, del mismo humo que a diario se lanzan millones de toneladas en doscientos mil barcos, en los océanos del mundo. Objetivo: “no tirar nada de comida”. Pitanza más que decente a bordo. El infortunado camarero tira un par de veces los platos al suelo. Me da lástima. Buena propina. Observo las escasas mesas pobladas en la decadente estancia, donde la discreta suciedad y las bombillas fundidas sin cambiar delatan un mantenimiento escaso. Impaciente, pregunto al camarero dónde puedo encontrar en la otra orilla un mercadillo de nombre impronunciable. Al tiempo que me avisa de que el regate está reservado a algunos lugares, me recomienda no ir solo; es difícil reconocer a un vendedor y diferenciarlo de un ladrón. Con igual desparpajo, me dice que es realmente peligroso caminar solo en cualquier lugar de la ciudad, me acerca amablemente a un par de garitos cercanos donde comer con la mano, y me deja allí a merced de lo más puro y salvaje. Sólo eran fantasías, o la suerte.

Mis compañeras de huida; una había sido camarera en el corazón del Bharmah’s, la otra dirigió una peña de comerciales en las callejuelas más oscuras del Barrio de los Casinos. Una, risueña, a sus veintitantos atesora tres hermanas esperando el hijo de una de ellas y el acecho del recuerdo de sus amantes. La otra, suave y flaca como una saeta, es tan aficionada a los estupefacientes como a rechazar toda comida que no sea una lata de fabada o un filete hecho por su madre. Con oscuras intenciones, dejan la televisión a toda hostia durante horas en su habitáculo. A las 2:51, mientras escribo estas líneas con un no menos opaco destino, les llamo por teléfono tras golpear su puerta con un imperceptible resultado. Ante mi estupor, dejan sonar el teléfono durante más de quince minutos, sin cogerlo, al tiempo que silencian la televisión por unos segundos, subiéndola al rato. Tras unos instantes más, me atiende la camarera, como si hubieran sonado no más que dos o tres rings… “¿sí?”. Tras comentarle lo de la televisión, accede sin más a bajar su volumen. Un misterio profundo, aún sin resolver.

Viaje; veinte horas atravesando la autopista de Shajskar, de muy reciente construcción y gravoso peaje. Unos chavales venden frutas en un bar de carretera. Se vislumbra un poco de la omnipresente desesperanza de las personas. A través del ventanal empañado, en la velocidad y el traqueteo del vehículo de aluminio, pierdo imágenes que prefiero no fotografiar. Pescadores junto al faro de bóveda celeste. El mar amenaza con devorarlos de un momento a otro. Junto a ellos, campos de chabolas repletos de antenas parabólicas. Gentes supervivientes en un entorno hostil cuya absurda, a veces macabra, naturaleza es mucho más palpable que allá, en el Imperio de Occidente. Esperanza escasa. Como dice mi amigo Youssef, "sin esperanza no hay vida". Cuánta presión. No poder ni contarla a gritos. Camino con una intranquilidad que va desapareciendo, entre el fragor del tráfico de la ciudad más oriental, a la hora en que la gente pudiente se desmelena un sábado noche. Casi nada que a esas horas te haga olvidar que estás en la otra punta del sistema. Sólo la caligrafía rifeña en los desvencijados autobuses, el color y la faz de sus aparentemente tristes ocupantes. Tal vez, las pocas mujeres que visten el atuendo tradicional que les reserva su devoción. Tal vez, la enorme cantidad de mujeres que ejercen la prostitución a partir de la hora en que las chicas buenas (como mis compañeras, en la divisoria) se van a sus casas sobre las nueve de la noche. Tal vez, el guía turístico –autónomo- que te atrapa con sus ofertas, llenas de detalles absurdamente bellos, como “aquí no encontraréis ningún turista”, ofreciéndote nada más que la verdad más absurdamente bella. Será que, por un mágico sortilegio, todos los portadores de esta información acuden a horas distintas a esos lugares.

Cuando todo empezó, yo ya había despertado. Ahora me gustaría ver que no estoy solo bajo la manta de acero.

Ficción y realidad de los caminos de dos "hermano brothers": el mío, y el suyo.


Más de lo mismo

Las tardecitas de Madrí tienen ese qué sé yo, ¿viste? Salís de tu casa, por las callejuelas. Lo de siempre: en la calle y en vos. . . Cuando, de repente, de atrás de un árbol, me aparezco yo. Mezcla rara de penúltimo pretendiente y de primer polizonte en el viaje a tu planeta: medio melón en la cabeza, la camiseta del revés, las rayas del pantalón pintadas en la piel, una banderita de taxi libre levantada en cada mano y cara de bobalicón.

Lo que me gustaría que ocurriera;

¡Te reís!...

Pero sólo vos me ves; porque los maniquíes me guiñan, los semáforos me dan tres luces verdes, y la señora de la florería de la esquina me tira tulipanes. Mirá, que así, medio volando y medio bailando, me saco el melón para saludarte, te regalo una banderita, y te digo... ¡Bailá! ¡Vení! ¡Volá!

Pero ni caso. Ni ofreciéndote un vaso de leche fría.

Di la vuelta, cabizbajo, con la garganta rota de quien se aguanta la emoción.

Mirá que te hablé en idiomas que ni comprendo, aprendí malabares y trabalenguas, tangos como este y bailes de lo increíble. Mirá que fui corriendo a recascatarte mil veces. Y de mil veces que llamé a tu puerta...

Qué genial debe ser, ¿verdad? Llamar a la puerta y verla abriéndose con parsimonia, hasta dejar ver...

Timi Yuro


Tengo cincuenta años y, en mis cincuenta años nunca he logrado entender cómo esa voz, ese ritmo y aquel aliento sugerido, ese grito desalentador, me convirtió desde pequeña en lo que soy. Una loba de chocolate, y de las suaves.

Qué me hizo. Qué era. Aseguro que no fue la aguja, ni el ronronear del vinilo en el tocadiscos. Ni siquiera el chocar de la lluvia en las ventanas –cosa que adoraba-.Para visualizarme, puedes imaginarme en una nube con la mirada jubilosa de un perro juguetón. O, para ser más gráficos, puedes dibujar sobre mi cabeza de pelos alocados la onomatopeya de placer de un personaje de tebeo. Ella me contagió el brillo de sus ojos y, en una época, hasta el corte de pelo. Todo menos aquella forma suya de vomitar, con una elegancia escalofriante, una melancolía desgarradora. Me despertó un lunes, a una edad efímera, y la emisora era la Radio de nuestras vidas. Desde entonces, soy loba de chocolate. No cabía en mí con semejante sensación en el cuerpo. Atravesé corriendo, extasiada, el parque de siempre y con cada zancada sentía romper en mi cara el aire de cristal. Y desde aquella mañana, me enamoro los lunes. ¿Se dice los lunes o el lunes? No me hace falta encontrar el plano perfecto. En el metro, en el autobús, en movimiento o estática. En la cafetería o en la biblioteca. [El cine para mí es sagrado, menos los lunes]. Digo los lunes en plural, porque siempre recorro sola el camino de vuelta. Parques y calles llenas de silencio. Todo parece tan exageradamente vacío que debe haber parejas aguantando la respiración para no ser descubiertas. Sintonía que intento igualar, sin pareja. Y si ella llegara después de un largo viaje, al besarla expulsaría una exhalación tan grave que le asustaría, y que le haría preguntarme qué me pasa. Le diría la verdad, que no sé aguantar la respiración, que nunca tuve una pareja con la que jugar a aguantar la respiración en los parques, ni con quien jugar a ser adolescentes. Por eso aguantaría la respiración. Será para que no me descubra. Ya ves, mientras siga escuchando esa voz, ese ritmo y aquel aliento sugerido, ese grito desalentador, me enamoraré los lunes. Cuidado de aquella persona que me mire a los ojos o que se siente a mi lado. Si fuera lunes me lo pensaría tres veces. O no.

Tengo cincuenta años y, tras cincuenta años, la echo de menos.

Pincha y escúchala

La Sombra del Fuego


Despertó resacoso, pero no recordaba haber bebido alcohol los últimos días. Despedía un olor apestoso que envolvía todos los rincones del piso. Aliento y desaliento, jadeos, mareos, arcadas. Susurraba con los ojos cerrados. Hablaba solo y giraba sobre sí mismo en la cama revuelta. Se envolvía tiritando con las sábanas, apretando con fuerza los bordes, cubriéndose hasta el mentón. Remoloneaba, como un niño apesadumbrado al tener que ir al colegio temprano. Realmente daba asco. Me costó encontrar una vena decente y que dejara de forzar un disgusto. El suelo empapado y lleno de cristales. Puse la aguja en remojo. En el servicio secreto no lo llamaban tortura. La tensión me mantenía despierto. Expectante frente a la puerta número 507. Nadie debía atravesarla. El cañón de mi recortada apuntaba estable sin vaivén. Corría peligro en este motel abandonado. En este piso donde habitaban los espíritus y las historias más inusuales. Siempre bañadas en sangre, olvidadas y enterradas sin escrúpulos ni remordimientos. Cansado de tanta metralla, de tanto humo.

“¡Toc! ¡toc! ¡Fuera todo el mundo!”. Casa por casa, recogimos a diez o doce personas. “¡Arriba a la montaña!”. Una noche se encasquilló el revólver, o eso recuerdo. Dejé huir a la que iba a ser mi víctima. No era cualquiera. Hay un límite entre el corazón y la piedra. Aquella decisión cambió mi rumbo. Me convertí en ratón de la noche a la mañana. Sonrío al imaginar las caras de mis compañeros. No se levantaron pensando que al final del día acabarían disparando al tipo en el que habían confiado sus vidas durante años. Ser gato pasó a la historia. No tenía tiempo más que para sobrevivir en aquella jungla de asfalto. Y fumar, entre parada y parada, y echar un trago, entre pitillo y pitillo.

Removía fotografías, revisaba los expedientes de mi pasado, mi vida hasta ese día. Intentaba recuperar el por qué del comienzo. Cómo llegué hasta este punto. Recordé que los corazones solitarios son los que acompañados se sienten solos. Así invertí la pérdida de mi tiempo. No podía seguir atrapado en el cabo del miedo y con la muerte en los talones. Me perseguía la sombra de una duda que no podía aclarar. Hasta que ya no tuve nada que perder. Un último golpe. Limpiarme por dentro. Y aquí estaba. Haciendo resonar el suelo de madera vieja con cada balanceo de la mecedora. Sudoroso, con la corbata y los tirantes aflojados. Barba crecida y la mirada perdida sobre el humo del último cigarrillo que mareaba eses con curiosa sensualidad. Hipnotizado por los detalles del cuarto, por mis manías. Encendía una y otra vez aquel mechero. Con cada fogonazo la llama hacía brillar mis ojos de un rojo crepuscular. Sin cesar, hasta alcanzar un ritmo musical al que se unía el constante, y paciente, goteo del grifo mal cerrado, los gemidos del moribundo que tenía maniatado y, pronto, el llanto de los ángeles. La luz artificial, desprendida de aquel siniestro club de jazz que solía frecuentar, atravesaba la oscuridad de la habitación. Para mí simbolizaba esa luz al final del túnel que no tardaría en divisar, y que nunca alcanzaría.

Me despertó el rugir de los coches. Asomé los ojos entre las persianas bajadas. Pasos confusos. Subían rápidamente unos cinco o seis. Ecos de gritos. Sin darles tiempo a pestañear, disparé contra la puerta. Cayó un cuerpo al suelo. Nadie detrás de ella. Silencio incómodo. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral. Fue entonces. Las paredes de papel me traicionaron cuando sentí agujeros por todo mi cuerpo. A continuación, como un kamikaze entró Ares a destruirme. Saboreaba la pólvora de su pistola violentamente introducida en mi boca.

-¿Qué le has hecho?- preguntó desquiciado.

Él observaba la habitación hecha un sumidero, mientras mantenía el gatillo casi apretándolo. Gritaba una y otra vez el nombre del agónico comatoso para que se levantara, pero seguramente ya estaba muerto. No sé como aguanté tanto tiempo. Sangraba por todos lados. Forcejeando con la pistola siguió interrogándome.

-Siempre te creíste más listo que los demás y mira como has terminado. Nos engañaste muy bien. Una pena lo del arma reglamentaria y la placa. Es el papel que juegan las mujeres en este negocio; la traición. Nuestro juego terminó hace mucho. ¿Por qué lo has hecho? Nunca tuviste moral. Explícamelo. Explícame por qué te suicidas. Estás cansado de la vida. ¿No tienes nada por lo que luchar? ¿Por lo que vivir?

-Sabes que él no merece perdón. Tú haces esto, no por que le aprecies o te paguen bien, sino por que si no lo haces, tu familia tendrá el mismo final que tendrás tú. Me arrebataron lo único que me hacía seguir con vida, lo único que hacía latir mi corazón. El amor nos hace seguir con vida. El amor en todo lo que se hace. Pero tiene que ser incondicional. Si no, no es amor. Yo tengo algo por lo que morir, ¿y tú? ¿Lo tienes?

Vomitando sangre, con el último aliento que me quedaba, agarré con velocidad pasmosa la jeringuilla con la que drogué al secuestrado, clavándosela a Ares en el cuello, abriéndole un agujero del tamaño de un tubo de escape mal fabricado. Cerré los ojos para no volverlos a abrir jamás...

No oía nada, y acabé por no sentir nada. Habían terminado su trabajo. Ahora observo el escaparate de la vida, con todos sus detalles. Observo mi cuerpo desvalido e inerte. Me observo desde el infierno, porque desde siempre, nunca podríamos haber llegado al cielo. Lavamos nuestras conciencias, enterramos nuestros pecados. Aunque ella habría podido. Yo la quería, pero ya no significaba nada. Todos pasamos a la historia. A nuestro estilo, a nuestra manera. En mi caso, acompañado por la sombra del fuego. Al fin y al cabo, el ’43 fue un buen año.

Tiempo muerto.

-Sonríe. Sonríe mientras puedas...

-Aparta, vas a ensuciar mi vestido azul con tu vómito de sangre.

-Me molesta el sable en mi estómago...

-¿Te ayudo?

-Oye, ¿qué aporta esta escena a la historia?

-Ya estamos otra vez. Prefieres una secuencia de sexo duro y rock and roll, como todos.

-Siempre igual. Que no. Sabes que prefiero conocer a la persona antes de hacerlo.

-¿De hacer qué?

-De hacerlo.

-¿En qué quedamos?

-Oh, ¿no vamos demasiado rápido?

-¡Argh! Que cómo terminamos la historia.

-Un beso estaría bien, esta armadura no permite más.

*¡¡Corten!! ¡¡corten!!

-¿Que cortemos qué?

*Así no puedo trabajar... ¡Siguientes!

El niño que quería ser fotograma.

Sus ojos no podían mantenerse abiertos durante mucho tiempo frente a la lámpara de gas. La madre continuaba cosiéndole el sombrero de ala corta, mientras el pequeño aguantaba la compostura de modelo con el atrevimiento típico de un niño que se imagina protagonista de una película. De por sí, con el sombrero sería el personaje en el que siempre soñó convertirse. Y no crecer nunca. Y continuar soñando. Para él los sueños de super héroes eran los más divertidos. No dejaba caer la mirada mientras flotaba su mente. ¿A qué doncella libraría de las garras de algún bellaco? ¿A qué muchacha despertaría de su eterno letargo? Y viceversa.


Alimentándose a base de cereales, mate cocido, dulce de leche y mucho amor, continuó formándose estudiando tebeos y series de dibujos animados. Poco a poco llegó a ser el espectáculo de la clase. Se subía a la palestra donde el profesor solía entonar el dictado en voz alta, y comenzaba la interpretación. Uno tras otro. Pim, pam, pim, pam. El registro de voces y maneras, de miradas y muecas, era espléndido. Las niñas se meaban encima. Su periodo de esplendor teatral terminó con la consecuente expulsión que sufrió, al ser acusado de chantajear al hijo de la directora con el secuestro de su colección de chupa chups recién importada de Madagascar, a cambio de encerrarse con él allí. Interpretarlo como queráis.

Creció, engordó, comenzó a sentir selva amazónica respirar en su perilla y en otras partes de su cuerpo, y su forma de ver el universo evolucionó de manera indescriptible. Su espíritu combativo se oscurecía con relativos intervalos espacio-temporales y sus ganas de interpretar. Decidió fichar por el Deportivo Pijosnik Labrada y arraigarse en una hipólita carrera deportiva. El entrenador le dedicó unas bellas palmadas en la espalda tras la ceremonia de saludo que realizó el joven pardillo. Ceremonia que el chambelán más erudito hubiera calificado de sobrante gilipollez suma en este relato. Su camino artístico vislumbraba flatulencias.

Con conciencia de causa y efecto se jugó la vida en los quirófanos en un ataque de histeria interpretativa. La operación a casquería abierta más importante y complicada en la historia de la cosmética, dejó la imagen física de este artista tal cual un fotograma de película clásica de los años cincuenta. Era lo que buscaba. Un aliento de inspiración. Un alientazo a ajo o a lo que fuera que oliera tan descompuesto que le hiciera ver la iluminación más absurda, que le salvara del vacío que le torturaba. Así quedó hasta los días que corren. Enmascarado en una sombra. La sombra que siempre quiso ser, la que nunca le acompañó.

Desahogo

Aquel muchacho escribía en las condiciones más desfavorables que pudiera imaginar un escritor. Una vez, hace tiempo, le dijo un poeta dominicano al verle escribiendo en un bar a las tantas de la madrugada: "cuanto más te alejas de la gente más profundizas en el corazón del ser humano, esto es algo que sólo los poetas pueden entender". Aquel poeta leía sus poemas y antes de hacerlo decía: "Fíjate qué cosa tan tremenda... Tú callas, pero en el silencio dejas que germine la potente voluntad del Hacedor. Cuando no encuentres el camino, cuando creas no entender nada. No te preocupes, sigue sin entender, que cuando menos entiendes más comprendes". El joven escritor, atento y expectante, no necesitaba más que su mirada para responder al discurso. El poeta lo sabía. Y continuó: "siento que este lugar es un espacio limpio de perturbaciones, soterrado. Aquí puedo expresarme sin esperar nada. Un escaparate para pocos ojos. Una esquina que está. Todo el mundo sabe que está, pero nadie la ha visto. "Aprovecha ese rayito de sol", respondió el viejo dominicano.

Las últimas gotas de sangre firman su última carta. Un disparo reventó sus tripas que, por voluntad de estertores, sobresalen por la comisura de sus labios pintados de un negro rojizo. Nadie le conocía, por lo que en su funeral sólo se presentaron una pluma y un papel en blanco. Formaba parte del Club de los Suicidas.

Prueba a desahogarte. A tu manera, a tu estilo. No importa. El resultado es el mismo. Sigues igual, pero crees sentirte mejor. Hasta que abres los ojos y obsevas que los colores siguen siendo fuertes por fuera, y desaturados por dentro. Sepia o blanco y negro, ¿por qué no?

Me gustan.

Postrado ante Dios


La foto de aquel moribundo ilegal, acechado por todos lados, le persiguió en vida. Con ella atrapó los premios más laureados, recibió la mirada de las personalidades más importantes, y las voces occidentales le alabaron. Pero también se vio atrapado por la maldición de una pregunta: "¿Qué hizo por ayudarle?". Al susodicho cronista gráfico, del infierno del mundo, la presión le empujó al suicidio.


Un hombre blanco bien alimentado observa cómo un muchacho subsahariano se muere de hambre, ante la presencia inmutable de las piezas clave que sostienen esa sociedad que al pobre promete y al mismo no da, finalmente. Durante dieciocho minutos se dedica a disparar con la cámara. No porque las primeras fotos salieran mal, sino porque buscaba a aquel tipo trajeado de la izquierda, que si se hubiera mantenido como está, erecto, prepotente y colocándose la camisa, pero mirándole con indiferencia y regocijándose en su interpretación, ¡esa sí habría sido una gran foto! A pesar de su paciencia, el fotero no consiguió ver realizada su anhelada virtud imaginativa, y se retiró rendido. No debió estresarse demasiado, pues una de las fotos salió publicada en varias ilustraciones de gran relevancia periodística, comenzando así su premiada carrera. Desde pequeño vio con ojos inocentes injusticias que no tenían nombre. Aprendió desde niño que ser blanco en su tierra era ser una de las personas más privilegiadas del planeta. Como adolescente detalló que por el mismo hecho era cómplice de aquellas injusticias. Ya superada la pubertad, adulto, decidió que mediante el periodismo se enfrentaría a la estirpe de odio que le crió.


Al comienzo de su carrera se denominó: "corresponsal de injusticias". Su trabajo consistía en acercarse a caóticos campos de batalla urbanos. Batallas que nadie, en el mundo "civilizado", conocía. Civiles contra civiles. Jóvenes negros que sólo contaban a favor con su evidente ventaja numérica, y herramientas casi primitivas utilizadas como armas arrojadizas y cortantes. Eran respondidos con balas de goma, bombas de humo lacrimógenas, o con balas de verdad, disparadas desde el interior de monstruos de hierro y por hombres embutidos en armaduras de plástico. Miles de muertos. La ciudad ardía y allá, de presencia hierática, se encontraba el hombre blanco que expiaba su culpa. Aquella efervescencia genocida que fotografiaba le alimentaría durante los siguientes cinco años. Cada mañana se presentaba temprano a la casquería más demencial, como se presentan los funcionarios a sus lugares de trabajo. Desde las cinco y media de la madrugada hasta el medio día, o hasta que el último muerto le regalara su última sonrisa. Sudoroso, polvoriento, bolso sobre el hombro, cámara en mano. La masacre perfecta, en medio del tiroteo perfecto. Se exponía a peligros extraordinarios y, de este modo, conseguía las mejores imágenes. Poco a poco fue carcomido por un escudo, lo que le armó de una coraza emocional necesaria. No podía reaccionar a lo que veía como una persona normal. Dormía poco, consumía drogas de todo tipo. Pasaba las noches acelerado, con las neuronas anestesiadas, en un estado de catarsis en el que la cámara representaba el pilar sobre el que se sostenía su mente, una verja que le protegía del miedo y del horror. Si hubiese dedicado un segundo de su vida a divagar sobre lo que estaba haciendo, dejando aflorar sus sentimientos, no habría podido realizar su trabajo. Pensaba que si se hubiera quedado en casa o detrás de una trinchera, habrían resultado más muertos y menos presión política para acabar con las injusticias. Esa era su contribución a la causa.

En el sexto año se tomó unas vacaciones. Nada más instalarse, a las puertas de un centro comercial, vio al muchacho y a la masa. Programado, respondió con la frialdad profesional que le caracterizó siempre. Su objetivo era captar la mejor imagen, la más impactante. Ahí comenzaba y finalizaba su compromiso. Así esperaba despertar la compasión en aquellos que, por fortuna, han nacido en un lugar del mundo donde sus peores problemas son los mejores de las víctimas. Compasión que en él se encontraba necesariamente adormecida. No lo ayudó, porque si lo hubiera hecho no habría podido hacer la foto. Fuera donde fuera, perseguido, la presión exterior agudizaría su agobio, hasta convertirlo en una pesadilla. Una semana después de ganar el último premio, su mejor amigo murió en un tiroteo en una ciudad perdida. Toda la emoción reprimida a lo largo de seis años salvajes reventó. Destruido vio como la guerra terminaba y la paz se instalaba mansamente. Final feliz. Su vida dejó de tener sentido. Quizá porque la droga que le creó mayor adicción se diluía en el pasado. La angustia moral que nunca sintió lo consumía. No podía trabajar. No llegaba a entrevistas, perdía rollos de fotos que ya había hecho. Deudas, desamor...


Tres meses después de las primeras elecciones democráticas de su país, se fue a la orilla del río donde jugaba de niño, cuando aún no sabía lo que era el sufrimiento. Allí, dentro de su coche, escuchando música mientras inhalaba monóxido de carbono, logró la paz, el sueño eterno en el que siempre deseo descansar.


Esta no es la historia exacta de Kevin Carter.

Gracias a Luis Sanz por el título y por la coyuntura.